Vietnam #1: Hanói, un lugar donde cuestionar la normalidad

En Hanói, cruzar la calle es un baile. Las motocicletas no se paran sino que esquivan y más cuando llueve, que no se quieren mojar. En las motos caben dos, tres y cuatro, van entre coches, autobuses y personas por carriles contrarios y no respetan los pasos de cebra ni los semáforos. Así que en la capital de Vietnam y, en general, en todo el país, uno ha de saber bailar.

Tal y como lo hacen los locales que llevan el Nón La – o sombrero cónico vietnamita – y los Thung Chai – o bote cesta – apoyados en los hombros mientras andan por los costados de la calle.

Unos turistas entran en una de las tiendas de casco antiguo de Hanói y el vendedor, con gafas y boina, contempla la calle

Hanói, a parte de una jungla edificada, – en la que las lianas se convierten en un compacto de cables de luz y teléfono -, es también la capital de Vietnam desde el 1010 y fue el centro administrativo de la colonia francesa des del 1802 hasta el 1940, cuando fue ocupada por los japoneses hasta el 1945.

Es por este motivo, que en la ciudad conviven construcciones de diferentes culturas y religiones, tales como la pagoda Tran Quoc – del monarca vietnamita Ly Nam -, la ciudadela Thang Long, la Pagoda de un Pilar – de diferentes dinastías chinas- o el templo de la literatura o el templo de la montaña de Jade – de las corrientes de pensamiento confucionistas y taoístas -.

En la pagoda Tran Quoc, el incienso en forma de espiral limpia el ambiente en vera del rio Thụy Khuê

Asimismo, también se encuentra Catedral de Hanói y la Casa de Ópera – de la colonización francesa – y el mausoleo donde descansan los restos del líder revolucionario vietnamita Ho Chi Minh y la casa presidencial donde vivió.

Los restos de una casa de estilo colonial en la que los niños de la ciudad han dejado sus zapatos y juegos

En el casco antiguo de la ciudad, la normalidad occidental se cuestiona una y otra vez.

Los vietnamitas se reúnen en taburetes azules y pequeños para comer su bol de fideos para desayunar, almorzar y cenar en restaurantes situados en medio el ambiente caótico de una ciudad que se despierta a las 5 de la mañana y nunca para.

Hay una calle llamada Trân Phù, más conocida como la calle del tren. En esta calle estrecha que cruza Hanói, los ciudadanos venden sus artesanías, cocinan la comida para sus minúsculos restaurantes y cuelgan la ropa en el tercer piso de sus casas, las gallinas se relajan en medio de las vías del tren disfrutando la ausencia matutina de los niños y por la tarde, los más pequeños revolotean después del cole. Por el contrario, dos veces al día, todos paran sus actividades para dejar paso al tren.

Las gallinas disfrutan de la tranquilidad matutina de la calle Trân Phù y de la gentileza de los habitantes que les ponen comida
Un barbero con una máscara antipolución le rapa el pelo a un hombre sentado en un taburete. Enfrente, un espejo individual, productos para el pelo y el número de telefono del peluquero
Reflejo de colores
Un momento

Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, un hombre contempla, durante horas, el edificio de enfrente como si se tratara del horizonte, en una silla tan pequeña que sus rodillas dobladas le rozan la cara

En uno de los mercados de la ciudad, una mujer se maquilla en su puesto y los clientes seleccionan sus frutos sin incomodarla ni incomodarse
Un vendedor ambulante de moniatos a punto de subirse a su moto de la época de la segunda guerra mundial
Un grupo de hombres juega una partida al Cờ tướng o “juego de los generales”, al lado de una parada de taxis
Una bicicleta avanza por una calle repleta de motocicletas, edificios y naturaleza cuando se hace de noche

Por la calle, una mujer carga dos cestas de mimbre donde reúne la basura y limpia las aceras.

El recepcionista de mi hotel, tiene la uña del dedo pequeño de la mano larguísima y el guía me cuenta, con toda naturalidad, que es para abrir las latas o bien, para meterse el dedo en la nariz.

Las motocicletas llevan a tantos pasajeros como quepan en el vehículo y van sin cascos aunque la ley lo impida.

También es chocante que lo normal o el uso de toda la vida, le hacen jaque y mate a un papel escrito. Y esa libertad se respira tras las máscaras antipolución de los transeúntes.

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