Kirguistán #1: Bishkek, dejando atrás la capital imperial

En Kyrgyzstan, el albaricoque es una de las principales frutas de la dieta de los Kyrgyz, miles de ellos se ponen a secar para después hacer mermelada. Esta se come a diario y se reparte sobre el pan redondo con semillas de sésamo negro.

Llegamos al aeropuerto Internacional de Manas sobre las 5 de la mañana y los taxistas de Biskek nos dieron una calurosa bienvenida en un idioma que se parecía al ruso.

Subimos al taxi, en el que había dos pasajeras mujeres, para ir hasta el hotel donde solo pasaríamos una noche.  Recuerdo este trayecto como escandaloso, desordenado y a la vez normal.

A la que avanzamos con el taxi, la huella de la Rusia Imperial se hace cada vez más palpable. Kirguistán fue sometido al poder de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) desde la victoria de la Revolución Rusa en 1918 hasta su disolución en 1991. Como capital imperial que fue, la ciudad cuenta con amplias carreteras, edificios del gobierno imponentes y estatuas que perpetúan el poder por todas partes.

De los acontecimientos históricos del pasado, también se heredó el idioma, que es la segunda lengua oficial del país. Tal y como me cuenta Aizada Baiushbekova, la propietaria del “Baiysh yurt camp” (campo de yurtas) del lago de Song Kul, “el kirguís cada vez se habla menos y tenemos que luchar por conservarlo”.

Paralelamente, Mansur Abylaev, presidente de la KATO (asociación de tour operadores en Kirguistán) y CEO del tour operador “Baibol Travel”, dice que, después de la separación de la unión soviética, ha crecido la brecha entre el campo y la ciudad, el primero con una agricultura más desarrollada y el segundo más industrial. De todas maneras, apunta, “los rusos no nos han influenciado con sus tradiciones, pero si con la globalización”.

Al ralentizar el coche, me di cuenta de que habíamos entrado en un mercado y, aunque aún era de noche, pude distinguir con claridad el camión de delante de nosotros, que tenía las puertas traseras abiertas de par en par y mostraba los cuerpos de carne fresca colgados del revés. Seguí mirando. Mujeres con pañuelos de colores y faldas largas trajinaban sus alfombras, vestidos, especias, comida casera, frutas, dulces y ese sabroso y sofisticado pan redondo. Los hombres, con las mejillas tostadas y un sombrero blanco, montaban los puestos. Todo pasaba mientras se gritaban los unos a los otros, hablaban rápido y se reían.

Una mujer con burka camina entre la gente del mercado sin detenerse ante las vendedoras que intentan llamar su atención, el anciano invidente que toca la flauta y pide dinero y algún perro desorientado.

Una vez dejamos el mercado diario de Osh Bazaar, volvimos al Kirguistán de grandes avenidas adornadas con flores.

Toktogul, en busca y captura de naturaleza

Al día siguiente, nos dirigimos hasta la “Western Bus Station” y después de pelearnos con los taxistas, esperar sin esperanza a que un bus se llenara y pasarlo bien con el idioma, conseguimos acoplarnos en el coche de una familia que viajaba hacia Toktogul, donde había un niño, una babushka y un diedushka (abuela y abuelo en ruso). La idea era hacer la vuelta al país, de oeste a este.

Durante el viaje de 5 horas, me pasé 4 observando a la abuela mientras dormía, fascinada por los rasgos de su piel dorada por el sol, sus ojos largos en su amplia cara, sus dientes de plata y sus pendientes enormes bañados en oro y con una piedra esmeralda, colgando de sus orejas que parecían cansadas de llevarlos.

En Kirguistán, las mujeres casadas llevan un anillo y un solo pendiente en la oreja, normalmente con una piedra, puesto por la madre del marido el día de la boda.

Al llegar a Toktogul, aparte de polvo y perros callejeros, no vimos ni un alma. Nos costó poco escoger nuestro alojamiento, deshacer maletas y tomar un taxi dirección al lago, al que llegaríamos por una carretera de naturaleza salvaje y vistas majestuosas.

En Kirguistán, hay diferentes grupos étnicos que coexisten. Según un informe de la USCIRF (United States Comission on International Religious Freedom), la mayor parte de la población es Kirguís, 67,4%, el 14,2% es uzbeko, el 10,3% ruso, el 1,1% dungan (musulmanes chinos), el 1% uigur (musulmanes turcos) y el 6,4% forman parte de otras etnias. Por lo que respecta a la religión, el 80% de la población es musulmana sunita, el 15% es cristiana, mayormente rusos ortodoxos, y el resto se lo reparten los musulmanes chiitas, los protestantes, los católicos, los budistas y los ateos.

En la práctica, esto se traduce en una paleta de pinturas variadas que se tocan y no pierden su color original, donde cada rincón del país tiene costumbres distintas, maneras de ser y de relacionarse, colores de piel más o menos morenas y ojos más oscuros o más claros.

Al caer la tarde, en la orilla del inmenso embalse de Toktogul, el cual está delimitado por montañas exageradas, varias familias disfrutan de un baño con ropa; al que se une nuestro taxista, y después nosotras. Las pieles morenas y los ojos verdes y azules me llaman la atención. Aunque los ojos se me van en cuanto veo el invento del siglo: los niños aprenden a nadar con cuatro botellas de coca-cola vacías atadas a cada lado y unidas por un hilo del que se tienden.

Al volver, el sol se pone entre los mil pliegues de seda verde que dan al lago.

Al día siguiente de probar nuestro primer Ploff casero, una deliciosa comida típica uzbeka a base de arroz y verduras la cual buscaríamos, incansablemente y sin éxito, por el resto del país, tomamos el bus hacia Arslanbob.

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