Un monje (Hace ver que) vuela

El yogui bajó de su cueva,
hace años que no habla,
y hoy su boca titubea.
Será que las almas
le contaron de existencia
y de otros registros que el cosmos guarda.

Solitario, no come en vano,
huye del placer mundano,
contempla y nada más.

Colgó su brazo de un tronco hasta que murió
y hoy su brazo moreno yace muerto.

Es un loco
y el mundo babea ante la locura.
Vive en libertad
y otros mueren por cortar cadenas.
Casi no habla
y ellos se tropiezan.

¡Silencio! que su pecho se llena de aire
y parece que su boca se balancea

Escribiremos su verdad en mantras
y los cantaremos en círculos en los monasterios
durante las eternas horas de canticos y rezos.
Que nosotros los monjes pensamos
para huir del sufrimiento humano y de él nos protegemos.

Las monjas trabajan, rezan y meditan.
Los monjes piensan y meditan.
Y los yoguis viven meditando.
Así es como a mis ojos
el Tíbet existe en tierra vecina.

El silencio se eterniza ante los monjes pacientes y yo paseo por el comedor. El aroma de harina y arroz se mezcla con el chocolate que comen con una de sus manos. Con la otra rezan.
Por la ventana, se entrevé a un niño sin pelo con el atuendo grana (haciendo ver) que vuela.

Me pregunto si se le rizan los pelos con el roce del aire con su cuerpo
o si su alma está volando y es así como el cuerpo espera.